Diego Abad de Santillán

Apuntes para una problemática del anarquismo

(1969)

 



Nota

Revista Reconstruir, Buenos Aires, N° 60 (mayo-junio de 1969) pp. 5-9

 


 

Se ha venido hablando en estos últimos lustros de crisis del anarquismo, de una ideología superada, de un movimiento sin mañana, de un árbol sin savia condenado a la extinción.

Vale la pena detenernos un poco a examinar la veracidad o la falsedad de esos anuncios despectivos, o lastimeros o rencorosos, porque hay de todo, según la posición desde la cual se proclame su inexistencia y su ineficiencia o la satisfacción par el espectáculo externa de la declinación de aquel monstruo de leyenda que a través de un siglo fue el chivo emisario de todas las tergiversaciones, de todos los enconos. Si el anarquismo se extinguiese, declinase, se resecase como la vegetación sin tierra nutricia y sin humedad suficiente, tendríamos con ello un signo funesto para el destino de la humanidad.

¿Que es el anarquismo? La esencia del anarquismo no es aquella que le adjudicaron gratuitamente las crónicas policiales, los detractores de derecha y de izquierda, y que admitieron incluso muchos de los que se creían o se llamaban anarquistas. El anarquismo es una concepción humanista que se ha manifestado en todos los tiempos y en todas las circunstancias, mucho antes de que Proudhon haya tornado con su extraordinaria capacidad dialéctica una acepción negativa para devolverla como una solución positiva, constructiva. En el uso corriente anarquía, no gobierno, no autoridad del hombre sobre e) hombre, equivalía a caos a desconcierto, a desorden; desde Proudhon se jamaron anarquistas los que antes llevaban otras denominaciones o se expresaban con otro vocabulario, pero que, antes y después, fueron los auténticos amigos del orden, se llamaban anarquistas porque eran amigos del orden; del orden con justicia, del orden con libertad, del orden con dignidad. Y esa reacción moral en defensa del hombre, ese humanismo tuvo expresiones concretas a través de la historia, como idea y actitud en el pensamiento de filósofos, sociólogos, pensadores de las mas altas categorías, y como hechos de reivindicación y de justicia en incontables formas. No habría existido la moral humanista si no hubiese habido una realidad opresiva de lo humano, una estructura antihumana, como no hubiese habido un antiesclavismo sin la existencia previa de esclavos. Nuestro amigo y maestro Max Nettlau resumió algunos antecedentes de ]a idea anarquista a lo largo de los siglos, en la filosofía oriental. en Grecia, la Grecia democrática que erigió estatuas para honrar a los tiranicidas; en Roma, en la Edad Media; su Vorfrühling der Anarchie podría ser ampliada ilimitadamente. La reacción humanista contra lo inhumano, contra lo antihumano, ha podido declinar, bajar la voz en ciertos periodos, enmudecer incluso después de graves derrotas, pero ha estado latente siempre, y se ha expresado en formas múltiples, una de ellas, una de las tantas, en las utopias. Cuando no se podía decir de otro modo que la realidad era intolerable, inicua, se buscaba un paraíso artificial en el que se imaginaban condiciones mejores para el hombre y su dignidad; y se fijaban esos paraísos en algún lugar ignorado o lejano; aquellos a quienes movía una fe religiosa, una teología, creaban un paraíso para después de la resurrección, y lo ornamentaban con todos los atractivos, y no solo espirituales, sino también muy materiales, coma el de Mahoma, con hermosas huríes y ríos de miel.

El anarquismo es una denominación nueva, desde mediados del siglo XIX, de una actitud y de una concepción humanista básica; defiende la dignidad y la libertad del hombre en cualesquiera que sean las circunstancias; puede manifestarse sin cubrirse o definirse con esa palabra que dio origen a tantas discusiones y hostilidades. Interesaría poco que la voz desapareciese, pero con ello no desaparecería su esencia, su esfuerzo, su mensaje.

El anarquismo no es un sistema político ni un sistema económico, es un anhelo humanista, que no culmina en una ordenación o una estructura ideales perfectas, sin rozamientos de intereses ni ambiciones de poder, en las que el ser humano carecerá de problemas y en las que la vida transcurrirá mansamente. Esos paraísos terrestres lo forjan otros y lo presentan como solución suprema: la autocracia, el rey por la gracia de Dios, la democracia de los estamentos, la dictadura del jefe que no se equivoca nunca, infalible como los Papas; la dictadura del proletariado, la dictadura de la burguesía financiera o industrial; los regímenes parlamentarios. etc., etc. El anarquismo no esta ligado a ninguna de esas construcciones políticas, aunque tenga que vivir y desarrollarse en ellas, en unas con mayor amplitud y en otras con menos libertad o constreñido al silencio; no esta ligado a ellas, buenas, malas, medianas, ni propone un sistema que las sustituya y las supere; se contenta con iluminar sus defectos, sus mentiras, sus insuficiencias; puede ver mas justicia en un régimen político, mas representativo que el de los Parlamentos en crisis, que de un acceso al nivel de decisión sobre los destinos colectivos alas entidades populares; una construcción de abajo arriba, desde los municipios, desde los gremios, desde el mundo de trabajo, intelectual, científico, técnico, manual; pero tampoco adquiere compromisos de entrega al alentar esa modalidad del nuevo organismo político, que suprimiría muchas tensiones y conflictos y permitiría una ordenación mas justa de las relaciones sociales y una distribución mas equitativa de la riqueza del fruto del pensamiento y del trabajo.

El anarquismo no es una receta política, un programa perfecto, una panacea; mas allá de lo que hoy puede aparecer ideal, hay siempre algo mejor, un resorte irrompible: el ideal. Se ha dicho que esa falta de programa es la debilidad del anarquismo; sin embargo está ahí su fuerza permanente, su vitalidad, su piedra angular; quiere la defensa de la dignidad y de la libertad del hombre, y eso en todas las circunstancias y en todos los sistemas políticos, los de ayer, los de hoy, los de mañana. No agota su vigor con un triunfo eventual, electoral o insurreccional, y seguirá su ruta y su resistencia contra toda forma de opresión de unos pocos o de muchos sobre el hombre. Legalmente quedan pocos rastros de la esclavitud y la servidumbre contra la cual se ha luchado durante siglos, durante milenios; no se puede negar el progreso en ese punto preciso, y si ayer la supresión jurídica de la esclavitud pudo ser una meta, el anarquismo tiene ante si siempre la misión de llevar esa condición a una meta mas luminosa y mas promisoria: la que disminuya o ponga fin a nuevas formas de esclavitud, de servidumbre, la esclavitud y la servidumbre voluntarias, entre otras.

El anarquismo no esta vinculado a ningún sistema económico; no lo estuvo en la Edad Media cuando prevalecía el feudalismo; no lo estuvo desde fines del siglo XVIII cuando apareció y triunfó el capitalismo con la maquina a vapor; no lo estuvo cuando se propuso y se llevó a la realidad la llamada dictadura del proletariado; puede existir y reivindicar su derecho a existir con el arado romano y la pareja de bueyes y con el tractor moderno de muchas rejas; su misión es similar en la era de la máquina a vapor y en la del motor eléctrico y el motor a explosión o en la de la moderna cibernética y la energía atómica. El capitalismo fue un progreso sobre la técnica agropecuaria del feudalismo, y elevó el nivel de vida para millones y millones de aquellos seres infrahumanos que no tenían derechos y si sólo el deber de someterse a los amos, a los amos de las maquinas o a los amos de los que monopolizaban los resortes del poder político.

Una revolución de inimaginables alcances se esta produciendo en nuestros días por la explosión científica, tecnológica y demográfica que entraña perspectivas y horizontes que apenas pueden ser abarcados con la medida cronológica del pasado reciente o lejano.

Hijo de su tiempo, que trabajaba con los materiales de su tiempo, imaginó Proudhon una economía mutualista en la que el hombre podría desarrollarse y beneficiarse directamente con mas holgura y mas justicia que en la del capitalismo monopolista, de lucro privado, no de orientación social; para el capitalismo lo social era el mercado eventual, una circunstancia. Miguel Bakunin propició en su tiempo una forma de colectivismo, con las mismas aspiraciones; Pedro Kropotkin lanzó la formula del comunismo; otros propusieron otras modalidades para que el producto del trabajo quedase en manos de los productores mismos; Gustav Landauer sugirió la formación de comunidades que se desarrollasen al margen de la economía capitalista; se propagó la idea de las colonias libres y se pusieron en practica un poco por impulso del socialismo premarxista de Fourier y Cabet y un poco para poner a prueba la verdad de la solución kropotkiana.

La lucha entre los partidarios del anarquismo colectivista y el comunismo fue larga y penosa; al fin predominó esta ultima como la fórmula ideal. Se limitaba así el anarquismo a una concepción, a un sistema económico y si podía con ella ganar prosélitos, perdía mucho de su esencia. Fue en España donde hizo su aparición la fórmula del anarquismo sin adjetivos económicos, con lo que reanudaba su tradición humanista; la defendieron entre otros Fernando Tarrida del Mármol y Ricardo Mella; coincidía en ella también Gustav Landauer en su periódico Der Sozialist. El propio Errico Malatesta, portavoz de alta jerarquía del comunismo anárquico, a cuya difusión dedicó su larga y dinámica existencia, acabó por reconocer carta de ciudadania a todas las formas históricas, el mutualismo, el colectivismo, el comunismo, el individualismo, el cooperativismo (1932), es decir, acabo por sumarse de hecho al anarquismo sin adjetivos.

Se habla hoy de anarcosindicalismo y se vincula así el humanismo anarquista al movimiento obrero. Equivale esa ligazón a un cercenamiento como el del comunismo anarquista. Hay razones para esa ligazón del anarquismo y lo que luego cristalizó como sindicalismo, porque los anarquistas dieron vida al movimiento obrero moderno a través de casi un siglo de beligerancia heroica que costa mucha sangre, mucho sudor, muchas lagrimas. Muchos anarquistas eran obreros y tomaron sobre si la tarea ingente de enseñar a sus compañeros lo que no sabían: que representaban una fuerza real si se asociaban, si se mancomunaban solidariamente en sus lugares de trabajo, en sus industrias, por encima de las fronteras nacionales arbitrarias; fueron esencialmente educadores y predicaron con el ejemplo; por ello fueron a la horca o al pelotón de ejecución, sufrieron muchos años en presidios y colonias penales, procesos y persecuciones y torturas; se formaban sociedades obreras, sindicatos, y junto a ellas escuelas, bibliotecas. Se mostró por lodos los medios lo que podría ser la sociedad humana articulada sobre la base del trabajo de todos y para todos; algunas obras de tiempos no lejanos condensan esas perspectivas, como las de Pierre Bernard, las nuestras también. Hemos tenido el privilegio de anunciar un día el modo cómo vivíamos en España y como podríamos vivir, y comprobar el día siguiente, en los hechos, con las colectividades agrarias y la economía industrial, comercial, de los servidos públicos en manos de los trabajadores. Eran soluciones de orden practico y circunstancial, no utopias de buenos deseos y de nobles intenciones. Con todo, el anarquismo no es sindicalismo, pero tampoco es antisindicalismo. Sigue siendo anarquismo sin adjetivos. El hecho de favorecer un cambio de estructuras políticas, económicas y sociales que lleve a los niveles de decisión sobre los destinos colectivos al mundo del trabajo, no es mas que un imperativo de la hora para superar desequilibrios que a la larga son dañosos para todos. Como un día fue incorporada la clase media a la vida publica y quedó resquebrajado el dominio de las oligarquías capitalistas y financieras, el periodo en que nos toca vivir o sobrevivir impone la incorporación del mundo del trabajo, en su más amplio sentido, a los niveles de decisión sobre los destinos sociales y humanos.

La institucionalización del movimiento obrero, su reconocimiento legal, dio origen a las poderosas organizaciones sindicales de nuestros días, que involucran casi la mitad de la población de los respectivos países, administradas por una frondosa burocracia, con los mismos defectos de toda burocracia, en la que el anarquista de ayer, militante abnegado, educador, ha perdido una base tradicional; y quizás no debe aspirar al predominio que ha tenido en el periodo de lucha y de resistencia que caracterizó su presencia en los gremios. Seguirá, y deberá continuar, en las organizaciones obreras, como integrante del proceso de la producción y de la distribución, pero habrá de partir del hecho nuevo de un poder legalmente incorporado a los Estados en diversas formas. Su actuación pasada pertenece al dominio de la historia, y los historiadores pueden exhumar recuerdos, hechos, actitudes, gestas valerosas; pero muchas de sus concepciones del periodo en que actuaban destacadamente en el movimiento obrero, han perdido vigencia y habrán de reajustar sus tácticas y sus esfuerzos a las normas y procedimientos del sindicalismo nuevo para disminuir el peligro de estancamientos y desviaciones.

Un siglo de lucha, de guerra, por el respeto y reconocimiento de la persona humana, en el que los anarquistas ocuparon los puestos de mas peligro y de mayor sacrificio, gestaron ante el gran publico la figura de un anarquismo heroico. Ningún otro sector de la beligerancia social llegó a la abnegación de tantos millares y millares de hombres que proclamaban sus concepciones libertarias. Menudearon los hechos de protesta, las manifestaciones de represalia, los sacrificios en aras de una profunda solidaridad con los que padecían la injusticia y la opresión en sus formas más extremas; y no escatimaron la comprensión y el apoyo moral a los que sabían de sus móviles altruistas. Era preciso defenderse de los que recurrían a todo el poder del Estado y a todos los recursos de la riqueza para limitar y combatir aspiraciones justas; cuando el gobierno de Cataluña, en España, organizó y sostuvo por todos los medios bandas de pistoleros para exterminar a los sindicalistas y anarquistas mas conocidos, y cayeron en aquellos anos negros varios centenares de militantes notables, se procedió a la defensa de la propia vida con más encarnizamiento que el que ponían los pistoleros a sueldo y se produjo una situación en que la pistola fue la suprema razón de la hora.

De cualquier modo, los hechos heroicos en que han tornado parte los anarquistas, como individuos aislados (el caso de Michele Angiolillo* después del proceso horripilante de Montjuich en 1897) o como decisión colectiva, dejaron una visión de leyenda, de admiración o de repudio, según los puntos de mira; pero el anarquismo es por su esencia no violenta y propicia la no violencia, porque es una actitud humanista sobre todas las cosas; en muchos puntos se siente el contacto y la continuidad de los primeros siglos de la revolución cristiana.

Una emergencia accidental llevo al anarquismo español a una guerra de casi tres anos, en la que fuera el principal factor beligerante; en ella cayeron centenares de millares de sus hombres. Propiamente, la guerra civil española fue el resultado de su resistencia inicial a la amenaza del fascismo en España, no en defensa de un sistema político al que nada debían, sino en defensa de las libertades conquistadas a pulso en muchos decenios de sacrificios.

Los acontecimientos se han sucedido en los últimos tiempos a un ritmo de vértigo; la segunda guerra mundial puso en acción hada su fin la bomba atómica y se inauguró entonces un nuevo periodo histórico. Hace falta dejar al tiempo que haga madurar conceptos ajustados a esa nueva situación; el anarquismo tiene hoy mas vigencia que nunca, más que en la época de su entrega al movimiento obrero, más que en las explosiones del heroísmo, más que en la actuación ejemplar en la guerra antifascista; se comprueba su resurgimiento en la filosofía moderna, en la teología, entre los sociólogos, entre los economistas; en la juventud inconformista que sacude los viejos pilares de una sociedad que no es comunidad; todo ello ha de ser reforzado por el anarquismo como bandera humanista, un anarquismo sin adjetivos. En él está la raíz y la fuerza para construir un mundo mejor, el mundo del siglo XXI en el que pareciera que vivimos ya.

 


Nota

[*] Michele Angiolillo, anarquista italiano, dio muerte en 1897 al primer ministro de España, Antonio Canovas

 


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