Paul Emile de Puydt

Panarquia


Publicado en la Revista Trimestral, Bruselas

(Julio 1860)

 



Nota sobre el autor

Paul Emile de Puydt
Nacido en Mons (Bélgica)
1810-1891

Botanista - Literato - Economista

 


 

I

A MANERA DE PREFACIO

 

Un moderno ha dicho:  « Si tuviera la mano llena de verdades, me cuidaría bien de abrirla »
Esta frase es quizás de alguien sensato, pero con toda seguridad de un egoísta.
Otro ha escrito esto:  « Las verdades  que uno quiere menos decir son las que importa decir » .

He aquí dos pensadores que están lejos de poder entenderse. Yo estaría de acuerdo con el segundo pero, en la practica, su manera de ver ofrece ciertos inconvenientes.
Consulto la sabiduría de las naciones: ella me enseña que « toda verdad no es buena de decir ».
¡Bien!  ¿Pero cómo  distinguir?  Por otra parte, el evangelio nos enseña que « no hay que poner la antorcha debajo del almud ».

Y heme aquí bien perplejo. Tengo una  idea nueva; al menos lo creo así, y algo me dice que mi deber es difundirla; sin embargo, en el momento de abrir la mano siento cierta inquietud
¿Cuál es el inventor que no haya sido un poco perseguido?
En cuanto a la invención, una vez confiada a la letra moldeada, hará su camino como podrá; yo la considero como emancipada. Mi diligencia se concentra sobre el autor. ¿Se le absolverá de haber tenido una idea?
Un antiguo que salvó a Atenas y a Grecia, decía a alguien brutal que, habiendo agotado sus argumentos, blandía un palo sobre él, « golpea , pero escucha ». La antigüedad abunda en grandes ejemplos. Imitando a Temístocles, propongo mi idea y le digo al público: léanme hasta el final, me lapidarán luego, si les parece.

Con reserva, sin embargo, de no ser lapidado. El brutal del que hablo murió en Esparta hace veinticuatro siglos, y todos saben los inmensos progresos que la humanidad realiza en dos mil cuatrocientos años. En nuestros días, las ideas tienen la libertad de producirse y si, de vez en cuando se vapulea todavía a  un inventor, ya no es en cuanto tal, sino como agitador e utopista.

Estas reflexiones me tranquilizan y entro decididamente en materia.

 


 

II

SOSIA
Señores, yo soy amigo de todo el mundo!
                                          Molière



Me gusta la economía política y quisiera que el mundo entero la tuviera en  la misma estima que yo. Esta ciencia, nacida ayer y ya la más importante de todas, está lejos de haber dicho su última palabra. Tarde o temprano, y espero que será pronto, ella regirá el universo. Estoy autorizado a afirmarlo, ya que es en los escritos de los economistas donde he encontrado el principio del que propongo una aplicación, mucho más amplia y no menos lógica que todas las otras.
Citemos primero algunos aforismos, cuyo encadenamiento preparará al lector.

« La libertad y la propiedad están estrechamente ligadas; una favorece la repartición de los riesgos, la otra enseña a producirlos ».
« El valor de las riquezas depende del uso que se les da ».
« El precio de los servicios se establece en razón directa de la demanda y en razón inversa de la oferta ».
« La división del trabajo multiplica las riquezas »
« La libertad engendra la competencia que, a su vez, crea el progreso »
                        (Ch. De Brouckere, Principios Generales de Economía Política)

Por ende, libre competición entre los individuos primero, de nación a nación luego. Libertad de inventar, de trabajar, de intercambiar, de vender, de comprar. Libertad de gravar los productos de su trabajo. Ninguna intervención del Estado fuera de su dominio especial « dejen hacer, dejen pasar ».

He aquí, en pocas líneas, las bases de la economía política, el resumen de una ciencia sin la   cual no hay más que mala administración y gobiernos deplorables. Se puede ir aún más lejos y, en muchos casos, reducir esta gran ciencia a la máxima final: « dejen hacer, dejen pasar ». La hago mía y digo:
En el dominio de la ciencia no hay semi-verdades; no existen verdades que, siendo exactas  por un lado, dejan de serlo bajo otro aspecto. El plan del universo es de una simplicidad maravillosa, tan maravillosa como su lógica infalible. La ley es la misma en todas partes, sólo las aplicaciones difieren. Los seres más elevados y los más simples, desde el hombre hasta el zoófito, hasta el mineral, ofrecen intimas relaciones de estructura, de desarrollo y de composición; y sorprendentes analogías vinculan el mundo moral al mundo material. La vida es una, la materia es una, solo las manifestaciones son diversas, las combinaciones innumerables, las individualidades infinitas; y sin embargo el plan general los incluye a todos.
Es la flaqueza de nuestro entendimiento, es el vicio radical de nuestra educación, que son los responsables de la diversidad de sistemas y de la oposición de las ideas. Entre dos opiniones que se contradicen  hay una verdadera y otra falsa, a no ser que sean falsas las dos, pero ambas no pueden ser verdaderas. Una verdad, científicamente demostrada, no puede ser verdadera aquí y falsa en otra parte, buena, por ejemplo, para la economía social y mala en política: a esto quería llegar.

La gran ley de la economía política, la ley de la libre competencia, « dejen hacer, dejen pasar », es sólo aplicable al reglamento de los intereses industriales y comerciales o, más científicamente, sólo a la producción y a la circulación de riquezas?
La tiniebla  económica que ella viene a iluminar, el estado permanente de disturbio, el antagonismo violento de los intereses que ha iluminado, ¿no reinan con la misma intensidad en la esfera política?  ¿Y la analogía no muestra que el remedio sería el mismo en los dos casos? « Dejen hacer, dejen pasar ».

Comprendámonos: hay, aquí o allá, gobiernos tan libres que es la flaqueza humana la que prima, y la situación está lejos de ser perfecta en estas admirables repúblicas. Algunos dicen « es precisamente porque hay demasiada libertad »; otros: « es que todavía no la hay en cantidad suficiente ».

La verdad es que no hay la libertad que se debería; la libertad fundamental, la libertad de ser libre o de no serlo, a elección. Cada uno se constituye en juez y define la cuestión según sus gustos o sus necesidades particulares, y como en estos casos hay tantas opiniones como individuos, tot homines, tot sensus, podemos ver claramente el estropicio adornado con el bonito nombre de política. La libertad de unos es la negación del derecho de los otros, y recíprocamente. El más  sensato y el mejor de los gobiernos, no funciona jamás con el pleno y libre consentimiento de todos sus gobernados. Hay partidos, triunfantes o vencidos, mayorías y minorías en la lucha perpetua y por ende más apasionados por su ideal a medida que la noción es más confusa. Unos oprimiendo en nombre del derecho, los otros rebelándose en nombre de la libertad, para volverse opresores a su vez, llegado el caso.

¡Entiendo! dice un lector. Usted es uno de esos utopistas que inventan un sistema en el que quieren encerrar a la sociedad, de grado o de fuerza. Nada de lo que existe es bueno, y sólo su panacea salvará a la humanidad. « Compren mi oosssoo...! »

¡Error! Yo no tengo un oso que no sea el de  todos, y sólo difiero de los demás en un punto, y es que soy partidario de todos los osos a la vez, es decir de todas las formas de gobierno, al menos de los que tienen partidarios.

Ya no le entiendo.

Entonces, déjeme continuar.
Generalmente, se tiende a ir demasiado lejos en  la teoría. Se debe concluir que todas las proposiciones, cuyo conjunto forma una teoría, deben ser consideradas siempre como falsas ? Se diría que hay cierta perversidad o locura en el ejercicio de la inteligencia humana. Declarar que no nos gusta la ciencia especulativa, que detestamos las teorías, ¿no es renunciar a la facultad de pensar?

Estas reflexiones no son mías; tienen como padre a una de las grandes inteligencias de nuestro tiempo, Jeremías Bentham.
Royer-Collard ha dicho lo mismo con una gran fuerza de expresión: « Pretender que la teoría no sirve para nada y que la práctica es la única guía segura, es tener la pretensión de actuar  sin saber lo que se hace y de hablar sin saber lo que se dice ».

Si no hay nada perfecto en lo que inventa el hombre, al menos tiende invariablemente hacia esa perfección imposible: es la ley del progreso. No hay más leyes inmutables que las de la naturaleza. Son las bases sobre las que todo legislador debe fundarse, porque sólo ellas tienen el poder de sostener el edificio social; pero el edificio mismo es obra de los hombres. Cada generación es como un nuevo locatario que, antes de tomar posesión, cambia la distribución, revoca la fachada, agrega o suprime un ala, según sus necesidades personales. De tanto en tanto, una generación más osada que otra o más previsora que las precedentes, destruye el edificio entero, dispuesto a dormir al sereno hasta que sea reconstruido. Una vez remodelado según un nuevo plan, después de mil privaciones y de gigantescos esfuerzos, suele sentirse desmoralizado al constatar que no es mucho más habitable que el anterior. Los que han diseñado los planos se han reservado, evidentemente, sectores cómodos, cálidos en invierno, frescos en verano; pero los otros, los que no pueden elegir, son relegados al piso bajo, a los sótanos, al granero. Y así se crean cantidades de descontentos, de perturbadores, que echan de menos el antiguo edificio, mientras que los más audaces sueñan ya con una nueva demolición. Contra unos pocos satisfechos, la masa de descontentos es innumerable.

Los hay sin embargo que están satisfechos; tengámoslo en cuenta. El edificio no es irreprochable ¡está lejos de serlo! pero tiene calidades. ¿Por qué demolerlo mañana, más tarde, cuando sea, si es capaz de abrigar cómodamente a suficientes locatarios para pagar su mantenimiento?
Por mi parte, detesto tanto a los demoledores como a los tiranos. Usted está alojado en el altillo, su apartamento es demasiado estrecho o insalubre. Cámbielo, es lo mejor. Elija otro, múdese sin ruido, pero, por Dios, no dinamite la casa al partir. Lo que no le agrada más puede ser la alegría de su vecino. ¿Comprende al apólogo?

Más o menos; Pero ¿a dónde quiere llegar? No más revoluciones ¡magnífico! Mi opinión es que cuestan, en nueve  de cada diez casos, más de lo que aportan. Conservaremos entonces el viejo edificio, pero, ¿dónde alojaremos a los que se mudan?

Donde quieran, no es mi problema. Considero que en este caso se conserve la más completa libertad. Es la base de mi sistema: dejen hacer, dejen pasar.

Creo comprender: los que estén insatisfechos de su gobierno, irán a buscar otro. Hay para elegir, en efecto, desde el imperio de Marruecos, sin hablar de otros imperios, hasta la  república de San Marino; desde la ciudad de Londres hasta las Pampas de América. ¿Es ésa toda su invención? No es nueva, se lo advierto.

No se trata de emigración, no se lleva la patria en la suela de los zapatos. Por otra parte, un desplazamiento tan colosal es y será siempre impracticable. Todas las riquezas de la humanidad no alcanzarían para pagar los gastos de la mudanza. Tampoco pienso en encerrar a los ciudadanos según sus opiniones; relegar, por ejemplo, a los católicos en las provincias flamencas y trazar, de Mons a Lieja, la frontera del liberalismo. Mi deseo es que continuemos viviendo juntos, allí donde estemos, en otra parte si así se decide, pero sin discordia, en buenos hermanos,  cada uno profesando libremente sus opiniones y sometidos tan solo a poderes que se habrán elegido o aceptado libremente

Ya no entiendo más.

No me sorprende. Mi plan, mi utopía, no es una antigualla como lo creía usted al principio, y sin embargo nada es más simple y más natural; pero ya se sabe que tanto en gobierno como en mecánica, las ideas simples aparecen siempre al final.
Vamos al grano: nada durable puede fundarse sin la libertad. Nada fundado se mantiene y funciona con todo su efecto útil, si no es por el libre juego de todos sus elementos activos. De no ser así, se pierden fuerzas, aparece la erosión rápida de los engranajes y, en definitiva, hay ruptura y accidentes graves. Pido entonces para todos y cada uno de los elementos de la sociedad humana, la libertad de participar siguiendo sus afinidades y de funcionar sólo en razón de sus aptitudes; en otros términos, el derecho absoluto de elegir la sociedad política en la que quieren vivir y de no aceptar más que ésta. Así, usted es republicano ...

¡Yo! ¡Dios me preserve!

Simple suposición. El edificio monárquico no le conviene; el aire es allí demasiado pesado para sus pulmones y el funcionamiento de sus órganos no encuentra la acción reclamada por su constitución. En el estado actual de las ideas, usted tiende a demoler este edificio, usted y sus  amigos, y a construir su propio lugar. Pero para hacerlo, tiene contra usted  a todos los partidarios de la monarquía que sostienen su propio monumento, y en general, a todos los que no comparten su opinión. Háganlo mejor: reúnanse, redacten su programa, establezcan su  presupuesto,  abran las listas de adhesión; cuéntense, y si se encuentran con el número suficiente para asumir los gastos, funden su república.

¿Dónde?  ¿En las Pampas?

No exactamente; aquí, donde están, sin desplazarse. Pero es necesario, y lo entiendo, que los monárquicos estén de acuerdo. Considero resuelta, por la facilidad de mi demostración la cuestión de principio. Por otra parte no ignoro la dificultad de obligarlo que es a dejar su lugar a lo que quisiera y debería ser. Yo doy mi idea, y no quiero imponerla a nadie, pero pienso que sólo la rutina podría rechazarla. No se sabe acaso, que en todas partes, gobernantes y gobernados se llevan mal ? En el orden civil, el problema de los matrimonios desavenidos se ha resuelto con la separación legal o el divorcio. Es una institución análoga en el aspecto político. Y es lo que propongo sin tener necesidad de rodearla de tantas formas y lentitudes tutelares, porque en política un primer matrimonio no deja huellas físicas ni progenitura. Mi procedimiento difiere de las maneras injustas y tiránicas utilizadas hasta hoy, porque la intención es que ya no se violente a nadie.
¿Quiere usted fundar un cisma político? Ustedes son los amos, pero a una condición, que es de hacerlo entre ustedes, en familia, sin tocar en nada los derechos y la fe de los demás.
Para ello, no hay necesidad de fraccionar el territorio del estado en tantos sectores como formas de gobierno conocidas y aceptadas. Lo repito, dejo a cada uno y a cada cosa en su lugar. Pido solamente que nos apretemos un poco y que los disidentes puedan construir libremente su iglesia y adorar al dios Poder a su manera.

Y los medios prácticos, ¿por favor?

Ese es mi fuerte. Conoce el mecanismo del estado civil? Sólo se trata de aplicarlo de una manera nueva. Abrimos, en cada comuna, un nuevo despacho, el despacho del ESTADO POLITICO. Este despacho envía, a cada ciudadano mayor, una hoja de declaración  a rellenar, como para la contribución personal o el impuesto sobre los perros.

« Pregunta. ¿Cual es la forma de gobierno que prefiere? ». Usted responde, con toda libertad: monarquía o democracia u otra cosa.

« Pregunta. Si es monarquía, ¿la quiere usted absoluta o moderada ... y  cómo? »
Usted responde: constitucional, supongo. Sea cual sea, por otra parte, su respuesta, se lo inscribe en un registro ad hoc, y una vez inscripto, y salvo reclamación de su parte, dentro de las formas y plazas legales, aquí le tenemos como sujeto del rey o ciudadano de la república. A partir de allí, ya no tiene más conflictos con el gobierno de los otros, no más que un sujeto prusiano con la autoridad belga. Usted obedece a sus jefes, a sus leyes, a sus reglamentos; usted es juzgado por sus pares, gravado por sus representantes; usted no paga ni más ni menos pero, moralmente, es otra cosa. Finalmente, cada uno está en su estado político, absolutamente como si no hubiera, a su lado, otro? ¡qué digo! diez otros gobiernos, cada uno con sus contribuyentes.

¿Que aparece un litigio entre sujetos de gobiernos diversos, o entre un gobierno y el sujeto de otro? sólo se trata de conformarse a las reglas ya observadas entre naciones vecinas y amigas, y si se encuentra algún vacío, el derecho de gentes y todos los derechos posibles lo colmarán sin pena. El resto es asunto de los tribunales ordinarios.

He aquí una nueva mina de procesos cuya invención pondrá a los abogados de su lado.

Así lo espero.
Puede y debe haber también intereses comunes a todos los habitantes de una circunscripción determinada, sea cual fuere su estado político. Cada gobierno, en este caso sería, con respecto a la nación entera (nación política) más o menos lo que cada uno de los cantones suizos, o más bien los Estados de la Unión Americana, es al gobierno federal.
Así, todas estas preguntas nuevas y, en principio, aterradoras, encuentran soluciones preparadas, una jurisprudencia establecida sobre la mayoría de los puntos, y no presentan dificultades serias en ningún aspecto.

Ciertamente, sucederá que espíritus retorcidos, soñadores incorregibles, naturalezas insociales, no se acomoden con ninguna forma conocida de gobierno. Habrá minorías tan débiles que no tendrán los medios para pagar el presupuesto de su ideal político. Peor para ellas y para ellos. Unos y otros serán libres de hacer su propaganda y de reclutar hasta llegar al número, o más bien al presupuesto necesario, ya que todo se reducirá a una cuestión de finanzas, y allí  deberán optar por una de las formas establecidas. Se puede concebir que minorías de tan poco valor no creen ningún disturbio.

Y no es todo: el problema se plantea muy raramente entre las opiniones extremas. La lucha es mayor y más seria a causa de matices y no de colores definidos. En Bélgica, a pesar de algunas fallas confesadas, la inmensa mayoría optaría, no lo dudo, por las instituciones en vigor; pero en cuanto a la aplicación, ¿habrá el mismo acuerdo?  ¿No tenemos dos o tres millones de católicos que sólo siguen al Sr. de Theux, y dos o tres millones de liberales que se siguen a sí mismos? ¿Cómo conciliarles? No conciliando nada; dejando a cada partido gobernarse a su gusto, y a su costa. Teocracia, si se quiere; la libertad debe ir hasta el derecho de no ser libre, incluso.

Solamente, como los matices de opinión no deben multiplicar hasta el infinito los  engranajes del gobierno; nos esforzaremos, por el interés general, en simplificar la máquina y en aplicar  la misma rueda motriz para producir doble o triple efecto. Me explico: un rey sabio y francamente constitucional convendría a la vez a los católicos y a los liberales; sólo habría que duplicar el ministerio; el Sr. de Theux para unos y el Sr. Frère-Orban para los otros, el rey para todos.
¿Qué podría impedir, incluso, si los señores tal o tal, que no nombro, se acordaran para inaugurar el absolutismo, si el mismo príncipe aplicara sus grandes luces y su rica experiencia para privilegiar  los grandes proyectos de estos señores, sin que tuvieran antes el triste embarazo de dar su opinión sobre la marcha del gobierno? Y realmente, cuando pienso en esto, modificando el arreglo en sentido opuesto, no veo por qué este príncipe único no sería un presidente aceptable para una república honesta y moderada. El cúmulo de funciones no estaría prohibido.

 


 

III

La libertad tiene sus inconvenientes y sus peligros,
pero termina siempre por salvar.
                                    M. A. DESCHAMPS.



Una ventaja incomparable de mi sistema que tiene, por otra parte, muchas otras, es de hacer  fáciles, naturales y perfectamente legítimas estas variaciones que, en nuestros días, han desacreditado a tantas buenas personas, cruelmente reprobadas bajo el nombre de apostasías políticas. Esta impaciencia por el cambio, que ha sido imputada como crimen a honestos ciudadanos y que ha hecho juzgar como superficiales e ingratas a ciertas naciones antiguas y modernas, ¿qué es, después de todo, sino el deseo de progreso? E incluso, en muchos casos, ¿no es extraño que se acuse de inconsecuencia, de versatilidad, precisamente a los que son consecuentes consigo mismos? Se exige la fidelidad al partido, a la bandera, al príncipe; muy bien, si príncipe y partido son inmutables, pero ¿si se transforman o dejan el lugar a otros que no son precisamente sus equivalentes? ¡Qué!  Habré tomado como guía, como jefe, como amo, si quieren, a un príncipe superior a su siglo; me habré inclinado ante su voluntad poderosa y creadora y habré abdicado de mi iniciativa personal para ponerla al servicio de su genio y luego, muerto ese príncipe, hete aquí que le sucede, por derecho de primogenitura, un espíritu estrecho, pleno de ideas falsas, que destruye muro tras muro la obra de su padre; ¿y ustedes quieren que le siga siendo fiel? ¿Por qué? ¿Porque es el heredero directo y legítimo del primero? Directo, lo concedo, pero legítimo, al menos en lo que me toca, lo niego formalmente.

Sin embargo no me rebelaría; ya he dicho que detesto las revoluciones, pero me consideraría perjudicado y con el derecho de cambiar a la expiración del contrato.

« Majestad, decía la Sra. de Staël al emperador de Rusia, su carácter es para sus sujetos una constitución y su conciencia una garantía »
« Aún si fuera así, respondió Alejandro, yo no sería más que un accidente feliz »
Esta frase, tan brillante y tan verdadera, resume perfectamente mi pensamiento.

Nuestra panacea, si se quiere emplear esta palabra, es la libre competencia en materia de gobierno. Es el derecho de cada uno de poder buscar su bienestar donde crea verlo y de dotarse de seguridad en las condiciones que le plazcan. Es, por otra parte, el progreso asegurado por una lucha de emulación entre los gobiernos, obligados a disputarse sin cesar la clientela. Es la libertad verdadera inaugurada en el mundo entero, la libertad que no se impone a nadie, que es para cada uno, exactamente lo que cada uno quiere que sea, que no oprime ni engaña y contra la cual el derecho de apelar es siempre viable.
Para buscar esta libertad no habrá que renunciar, ni a las tradiciones de la patria ni a las dulzuras de la familia, no se deberá aprender a pensar en una lengua extranjera; no será necesario atravesar ríos y mares, llevando consigo los huesos de los antepasados. Sólo se tratará de una simple declaración ante el estado político de su comuna y, sin quitarse ni la bata ni las pantuflas, uno se encontrará a su gusto, pasando de la república a la monarquía, del parlamentarismo a la autocracia, de la oligarquía a la democracia e incluso a la anarquía del Sr. Proudhon.

¿Está usted harto de las agitaciones del foro, es decir de las logomaquias de la tribuna parlamentaria, o de las caricias un poco brutales de la diosa Libertad? ¿Está usted embriagado de liberalismo y de clericalismo, al  punto de confundir a veces al Dr. Dumortier con el Sr. De Fre, y de no saber más en qué difieren precisamente el Sr. Rogier y el Sr. De Decker? ¿Aspira usted al descanso, a las blandas languideces de un despotismo honesto? ¿Siente la necesidad de un gobierno que piense por usted, que se agite en su lugar, que tenga todo bajo control y la mano larga, y que haga, para su provecho, el papel de vice-providencia que tanto gusta a los gobiernos en general? No tiene que emigrar hacia el sur como las golondrinas en el equinoccio y las ocas en noviembre. Lo que desea está aquí, en casa, en otra parte, en todos lados. ¡Háganse inscribir, toommmenn sus billetes!

Lo que es admirable en este descubrimiento, es que suprime para siempre las revoluciones, motines, desórdenes callejeros y hasta las más mínimas emociones, la fibra política. ¿No está contento de su gobierno? Tome otro. Estas dos pequeñas palabras, hinchadas de horrores y rojas de sangre, que todas las cortes, altas o bajas, marciales, prebostales, especiales, todas sin excepción, condenarían por aclamación y en tal que culpables de provocación y de rebelión, estas dos pequeñas palabras se vuelven inocentes y puras como dos seminaristas y tan benignas como el remedio del que desconfiaba, sin motivo, el Sr. de Porceaugnac. « Tome otro », es decir pase por el despacho del estado político, sáquese el sombrero frente al funcionario-jefe, ruéguele, en buenos términos, que le borre de la lista donde figura y que transfiera  su nombre sobre la de ... sobre cualquiera.
El funcionario-jefe se pondrá sus gafas, abrirá el registro, notará su declaración, le dará el recibo. Usted le saludará inmediatamente y la revolución habrá tenido lugar, sin otra efusión que la de una gota de tinta. Revolución para usted solo, de acuerdo. Su cambio no obligará a nadie, y será su mérito. No habrá ni mayoría triunfante ni minoría vencida, pero nada impedirá tampoco a los cuatro millones seiscientos mil otros Belgas de seguir su ejemplo, si lo desean. El despacho del estado político reclamará más personal.

¿Cuál es, en el fondo, todo prejuicio de educación dejado de lado, la función de un gobierno cualquiera? Es, ya lo he indicado, la de proporcionar a los ciudadanos la seguridad (tomo esta palabra en su sentido más amplio) en las mejores condiciones posibles. Sé bien que, sobre este punto, las ideas son todavía algo confusas. Hay gente a la que no le alcanza un ejército para protegerla de los enemigos del exterior; ni una policía, una gendarmería, el señor procurador del rey y los señores jueces, para asegurar el orden interior y hacer respetar el derecho y la propiedad. Los hay que quieren un gobierno con las manos llenas de empleos bien retribuidos, de títulos sonoros y de condecoraciones brillantes; con aduaneros en las fronteras para proteger su industria contra los consumidores y legiones de funcionarios protegiendo las bellas artes, los teatros y las actrices. Pero sé también que son solamente antiguallas propagadas por esos gobiernos-providencia de los que hablábamos antes. Esperando que la libre experimentación les haga justicia, no me molesta que subsistan en alguna parte, para la satisfacción de los que lo quieren así. Sólo se pide una cosa: la libertad de elección.

Todo está ya allí: libertad de elección, de competición, de dejar hacer, de dejar pasar. Esta sublime divisa escrita en la bandera de la ciencia económica, será también un día la del mundo político. Economía política, el nombre ya lo dejaba prever y, cosa curiosa, por más que se haya querido cambiar este nombre, por ejemplo por economía social, el buen sentido público, ha rechazado esta concesión. La ciencia económica es y será la ciencia  política por excelencia. No es acaso ella la que ha inventado el principio moderno de no-intervención, y su fórmula: dejen hacer, dejen pasar.

En consecuencia, libre competición en materia de gobierno como en toda otra. Vean aquí, pasado el primer momento de sorpresa, el retrato de un país librado a la competición gubernamental, es decir poseyendo simultáneamente, regularmente enmarañados, tantos gobiernos como se han inventado y que se inventarán todavía.

¡Sí, realmente! será un estropicio, ¿y usted creé que se resolverá la refriega?

Por supuesto, y no hay nada más fácil de concebir, si se quiere estudiarlo un poco. ¿Recuerda usted la época en que nos degollábamos por la religión, más de lo que nos hemos degollado por razones de política? ¿Cuando el divino creador de los seres era el Dios de los ejércitos, el Dios vengativo e implacable, en cuyo nombre la sangre corría a mares? Los hombres han querido, en todas las épocas, apropiarse de la causa de Dios y hacerle cómplice de sus pasiones sanguinarias.
« Mátenlos a todos, Dios reconocerá a los suyos. »

¿Dónde están los odios implacables? El progreso del espíritu humano los ha barrido como lo hace el viento de otoño con las hojas muertas.  Las religiones, en cuyo nombre se encendían las hogueras y los instrumentos de tortura, viven hoy juntas apaciblemente, bajo las mismas leyes, comiendo del mismo presupuesto; y si cada secta predica siempre su propia superioridad, es raro que condene todavía a la secta rival.

Y bien, lo que se ha vuelto posible en este dominio oscuro e insondable de la conciencia, con el espíritu de proselitismo de unos, la intolerancia de otros, el fanatismo y la ignorancia de las masas; lo que es posible hasta el punto de encontrarlo y de codearse con él en medio del mundo, sin que provoque ya disturbios ni violencias; por el contrario, con la evidencia  indiscutible de que, cuando las ciencias son diversas y las numerosas sectas se encuentran en pie de igualdad, se vuelven más sabias, más inquietas por su dignidad y por la pureza de su moral en todo; lo que se ha vuelto posible en tan difíciles condiciones, ¿no lo será aún más en el dominio puramente terrestre de la política, donde todo debería ser claro, donde el objetivo se define por una frase, donde la ciencia se define en dos palabras?

Que hoy, donde un gobierno existe solamente a condición de excluir a los otros; donde un partido no domina si no ha quebrado a los partidos adversos; donde una mayoría que gobierna tiene siempre a su lado una minoría impaciente por gobernar; que hoy los partidos se odien y vivan en estado de guerra o al menos en estado de paz armada, ¿es inevitable?
¿Y quién se asombraría al ver a las minorías intrigar y activarse  sin cesar y a los gobiernos de hecho, reprimir violentamente toda aspiración hacia otra forma política tan exclusiva como la  existente, de manera que la sociedad se compone de ambiciosos amargados que esperan la hora de la venganza, y de ambiciosos satisfechos que digieren al borde del precipicio? Los principios erróneos no implican consecuencias justas y la fuerza no engendra ni la verdad  ni el derecho.

Pero si toda presión cesa; si todo ciudadano mayor es libre de elegir y no por una vez, como consecuencia de alguna revolución sangrienta, sino siempre y en todas partes, en el dédalo de los aspectos gubernamentales, los que corresponden a su espíritu y a su carácter o a sus necesidades personales; libre de elegir, entendámonos bien, pero no de imponer su elección a los demás: y todo desorden cesa, toda lucha estéril se vuelve imposible.
Y éste no es más que un aspecto de la cuestión;  he aquí otro: desde el momento en que los procedimientos gubernamentales están sometidos al régimen de la experimentación, de la libre competencia, es necesario que progresen y se perfeccionen, es la ley natural. No más nubes, ni profundidades que sólo desembocan en el vacío, no más malicias calificadas de fineza diplomática, no más cobardías ni infamias disfrazadas de razón de Estado; no más ambiciones cortesanas o de facciones mal disimuladas bajo el falso título de honor o de interés nacional. En dos palabras, no más engaño sobre la naturaleza y la calidad del producto gubernamental. De ahora en adelante la luz está en todas partes, los gobernados comparan y toman cuenta, y los gobernantes comprenden por fin esta verdad económica y política que es que no existe más que una condición de éxito sólida y durable en este mundo: hacer mejor y más barato que los demás. A partir de ese momento se establece el acuerdo universal, y las fuerzas perdidas hasta ese momento en tareas estériles, en enfrentamientos y resistencias, se unen para imprimir al progreso y a la felicidad de la humanidad un impulso imprevisto, prodigioso, vertiginoso.

Amén.
Permita sin embargo un pequeño reparo: cuando todas las variedades posibles de gobierno hayan sido probadas en todas partes, a la luz de la publicidad y de la competencia, ¿qué resultará de ello? Habrá seguramente una que será reconocida como la más perfecta y entonces, todo el mundo la  querrá, lo que nos volverá a la situación de tener un solo gobierno para todos, es decir al punto de partida.

No tan rápido, le ruego, amigo lector.
¡Qué! Usted mismo lo dice, todos estarían de acuerdo y ¿usted  considera esto volver al punto de partida? Su objeción pesa en mi favor en cuanto a la proposición principal, ya que ella supone el acuerdo universal establecido por el simple funcionamiento del deje hacer, deje pasar. Podría limitarme a tomar nota y a considerarle como adherente, como convertido a mi sistema, pero no quiero semi-convicciones y no busco reunir prosélitos.

No, no se volverá a tener una sola forma de gobierno, sino quizás en un futuro lejano, cuando la función gubernamental se haya reducido, por consentimiento general, a su más simple expresión. No estamos en esa situación, ni cerca de estarlo. Mientras tanto, los hombres no son ni semejantes en espíritu o en costumbres, ni  tan fáciles de conciliar como usted lo supone, y el régimen de la competencia es el único posible. Los hay que necesitan agitación, el reposo les sería mortal; otros, soñadores y filósofos, observan apenas los sobresaltos de la sociedad y sólo pueden evolucionar en la calma más profunda. Este, pobre, sabio, artista desconocido, necesita que le animen y que le sostengan para crear su obra inmortal; le falta un laboratorio para sus experiencias, un palacio que construir, un mármol para transformarlo en dios. Aquél, genio potente y de vanguardia, no soporta ninguna traba y quiebra el brazo que quiere guiarle. Unos necesitarán la república, con sus servicios y su abnegación, otros, la monarquía absoluta, con su pompa y su esplendor. Un parlanchín querrá un parlamento, otro, incapaz de formar diez palabras, pedirá que se prohíba a los que hablan por los codos. Hay espíritus fuertes y cabezas débiles, ambiciosos insaciables y gente simple, contenta de la pequeña parte que le toca; hay, por fin, tantos caracteres como individuos; tantas necesidades como naturalezas diferentes. ¿Cómo contentar a la vez  a todo este mundo con una sola forma de gobierno? Evidentemente, habrá que adaptarse a niveles muy desiguales; habrá satisfechos, indiferentes, revoltosos, descontentos, incluso conspiradores. En todo caso, cuente con la naturaleza humana para reducir el número de satisfechos  por debajo del de los descontentos. Por más perfecto que sea este gobierno único, y aunque fuera la perfección misma, habrá siempre una oposición: la de los espíritus imperfectos, para quienes toda perfección es incomprensible o antipática. En mi sistema, los descontentos más agudos tendrán lugar en las riñas de familia, con el divorcio como remedio extremo.

Pero bajo este régimen de competencia, ¿qué gobierno querrá dejarse ganar por otro en la carrera del progreso? ¿Qué perfeccionamiento, felizmente aplicado por el vecino, podrá ser rechazado para sí mismo? Esta emulación, constantemente mantenida, creará prodigios. Pero también los gobernados serán todos modelos. Libres de ir y venir, de hablar o de callar, de actuar o de dejar hacer, sólo podrán quejarse de sí mismos si no están totalmente satisfechos.
Así, en lugar de crear una oposición para ser tenido en cuenta, pondrá su amor propio en acción  para persuadirse, y  persuadir a los demás de que la autoridad que les incumbe es la mejor con la que podrían soñar. Y se establecerá, entre gobernantes y gobernados, una tierna intimidad, una confianza  recíproca y una fluidez de relación fácil de imaginar.

¡Qué! ¿Sueña usted seriamente y despierto con este acuerdo completo de los partidos y de las sectas políticas? ¿Cuenta hacerles vivir juntos y sobre el mismo terreno, sin que choquen, sin que los más fuertes traten de absorber a los más débiles? ¿Imagina que de esta gran Babel surgirá la lengua universal?

Creo en la lengua universal, como creo en el poder de la libertad para pacificar al mundo; no puedo prever ni el día ni la hora del acuerdo, mi idea es una semilla que largo al viento, ¿caerá sobre un suelo fértil o sobre las piedras del camino? Ya no es mi problema. No propongo nada. Por otra parte, todo es cuestión de tiempo. ¿Quién hubiera creído hace un siglo, en la libertad de conciencia? ¿Y quién, en la actualidad, se atrevería a  cuestionarla? Hace tiempo, ¿no se sonreía ante la extraña idea de que la prensa era un poder, un poder en el Estado? Y ahora, los verdaderos hombres de Estado se inclinan ante ella. Y este poder nuevo, la opinión pública, que cada uno de nosotros  ha visto nacer y que todavía enredada en sus pañales, impone sus sentencias a los imperios y pesa soberanamente en los mismos consejos de los déspotas, ¿lo había usted previsto? ¿Y no se hubiera reído en la cara del que se atreviera a predecir el acontecimiento?

Ya que no propone nada, podemos hablar. Dígame, por ejemplo, cómo reconocer a los suyos en este tejido de autoridades. Si se puede, en todo momento, enrolarse con este gobierno, separarse de aquél, ¿sobre quién y sobre qué habrá que contar para reglar los presupuestos y saldar las listas civiles?

Por empezar, yo no admito que no sea libre de cambiar en todo momento y de crear la bancarrota de su gobierno. Se puede fijar, en este tipo de compromiso, un mínimo de duración; un año, supongo. Ejemplos tomados en Francia y en otros lugares, me autorizan a pensar que es posible soportar, por un año, el gobierno que uno mismo se ha dado. Los presupuestos, regularmente votados y repartidos, comprometerían a cada uno hasta la libre competencia y, en caso de contestación, los tribunales ordinarios se pronunciarían. En cuanto a reconocer a cada uno de sus sujetos, sus administrados o sus contribuyentes, ¿acaso es más difícil que para cada iglesia cuando recensa a sus fieles, o para cada asociación que cuenta a sus accionarios?

Pero usted habla de diez gobiernos, veinte quizás en lugar de uno, y por lo tanto de presupuestos, de listas civiles, de gastos generales multiplicados por el número de estados-mayores.

No niego la fuerza de su objeción. Pero note que en virtud de la ley de la competencia, cada uno de estos gobiernos tenderá, obligatoriamente, a volverse lo más simple y económico posible. Los estados-mayores que nos cuestan ¡y Dios lo sabe bien! los ojos de la cara, se reducirían al mínimo necesario, y las canonjías suprimidas dirigirían a sus titulares hacia el trabajo productivo. Sin embargo, la cuestión estaría resuelta sólo a medias y no me gustan las soluciones aproximativas. Demasiados gobiernos serían un mal, una causa de gastos exagerados y de confusión. Y bien, apenas se sienta aparecer el mal, el remedio no tardará en venir. El buen sentido público juzgará las exageraciones y pronto no quedarían más que los gobiernos que fueran realmente viables: los otros morirán de inanición. Ya ve que la libertad tiene respuesta a todo.

Puede ser. Y las dinastías reinantes, y las mayorías triunfantes, y los cuerpos constituidos, y las doctrinas en curso; ¿creé usted que abandonarán benévolamente frente a la bandera del dejen hacer, dejen pasar? Por más que diga que no propone nada, no se puede esquivar la discusión de esa manera

Dígame primero si les creé tan seguros de sus posiciones, al punto de tener interés en rechazar una amplia concesión.
Ahora bien, yo sólo no destituyo a nadie. Todos los gobiernos existen en virtud de una fuerza que extraen del exterior, y que utilizan más o menos hábilmente para perpetuarse. A partir de allí tienen una plaza asegurada en mi organización. No puedo negar que deberían perder primero gran parte de sus adherentes, más o menos voluntarios;  pero sin hablar de las posibilidades del futuro, ¡qué compensaciones envidiables por el lado de la seguridad de los poderes y de su estabilidad! Menos sujetos, menos contribuyentes, es cierto, pero a cambio, sumisión absoluta y sin embargo voluntaria durante la duración del contrato.  No más apremios, no más gendarmes, poca policía, soldados, justo los necesarios para el desfile, pero lo más guapos posible. Los gastos bajarán más rápido que las rentas. No más préstamos, no más dificultad financiera; se tendrán economías, cosa que no se ha visto hasta ahora más que en el Nuevo Mundo, con las cuales se podrá hacer feliz a la gente. Serán bendecidos, alabados, y no hablo de los vapores estupefacientes que se echa en la nariz de los poderes claudicantes, sino de los verdaderos perfumes de Arabia, hechos para los olfatos de élite. ¿Qué dinastía no querrá eternizarse así?  ¿Qué mayoría no consentiría en dejar que su minoría emigre en masa?

Vea por fin cómo un sistema,  que tiene por base el gran principio económico de dejar hacer, es fuerte contra todas las dificultades. La verdad no es verdadera a medias; es la verdad, ni más ni menos. Hoy tenemos dinastías reinantes y dinastías destituidas; príncipes que llevan la corona y otros a quienes no les molestaría llevarla; y cada uno tiene su partido, y cada partido tiene por misión principal el poner piedras bajo la rueda del carro del Estado, hasta el día en que, ya volcado el carro, pueden subir a su vez sobre él, y correr el riesgo de otro vuelco. Encantador juego de columpio cuyos gastos son pagados por el pueblo que no se cansa, como decía Paul-Louis Courier.
Con nuestro procedimiento, se acabaron los costosos equilibrios y las caídas estrepitosas; las conspiraciones y las usurpaciones; todos son legítimos, y nadie lo es. Se es legítimo sin discusión en el tiempo que se dura, y para los suyos solamente. Fuera de ello, ningún derecho divino ni terrestre, salvo el derecho de modificarse, de perfeccionar sus planes y de solicitar nuevamente a sus accionarios.

No más exilios ni confiscaciones, ni persecuciones de ninguna clase.  El gobierno que cae liquida todo con su proveedor de fondos; si ha sido honesto, si su contabilidad está en regla, si los estatutos, constituciones y otros han sido fielmente observados, puede dejar su palacio con la frente alta e irse al campo a redactar sus memorias justificativas.
Aparecen otras circunstancias: las ideas se modifican, hay vacíos que se hacen sentir en el Estado colectivo, falta una especialidad, hay accionarios inactivos o descontentos que buscan una inversión ... Se lanza rápidamente un programa, se recogen adhesiones y cuando se considera lo bastante fuerte, en lugar de salir a la calle como se dice en el estilo sedicioso, se va al despacho del estado político, se hace su declaración, apoyada por el depósito de un ejemplar de sus estatutos fundamentales y de un registro donde los adherentes se harán inscribir; y he aquí un gobierno más. El resto es una cuestión de interior, de familia, y solo los asociados pueden indagar.

Propongo un derecho mínimo de registro y de mutación que los empleados del estado político percibirán por sí mismos y a su beneficio. Más cien francos para fundar un gobierno, algunos centavos para pasar individualmente del uno al otro. Los empleados no tendrán otro pago pero imagino que no estarán mal retribuidos y este tipo de empleo es muy buscado.

¿No está usted maravillado con esta simplicidad del engranaje, con este mecanismo potente que un niño podrá manejar, y que responde, sin embargo, a todas las necesidades? ¡Busque, tantee, escrute, analice! Le desafío a encontrarle una falta sobre cualquier punto.
También estoy convencido de que nadie lo adoptará: el hombre es así. Es incluso esta convicción la que me lleva a publicar mi idea. En efecto, si no obtengo ningún prosélito, esto no es más que un juego del espíritu y, ningún poder constituido, ninguna mayoría, ninguna corporación, finalmente nadie que disponga de lo que sea, no tiene el derecho de resentirse conmigo.

Y, si por un azar, ¿me hubiera convencido?

¡Chito ... va a comprometerme!

 


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